sábado, 3 de octubre de 2015

La fantasía de lo real


Su rostro me resultaba extrañamente familiar y esa mirada penetrante aun persiste alojada en mi memoria. Estoy seguro que algún lazo por ahora indescifrable me une a ese viejo sabio que maneja con infinita calma, los enormes engranajes de ese reloj de los tiempos. 

A la distancia, recorro con mayor precisión los pliegues de su cara, la barba tupida y prolijamente enmarañada; su incipiente calva. Dos detalles me llamaron la atención, algo perturbadores ellos: el color blanquecino de todo el rostro, y una suerte de pequeña protuberancia –tal vez una pequeña corona, no lo se, hasta hoy sigue siendo difuso- que asomaba tímidamente en su cabeza. Lo pensé un ángel, un ser de luz –tal vez por su blancura- o un tal Alfredo O, aquel enigmático maestro con quién me topé en una quinta en José C. Paz, allá por 1996, cuando la búsqueda frenética me llevó a ese encuentro fugaz. Por un momento, se me antojó el profe Abel Maciel, con quién compartí mis días en el Verbo Divino.

El mensaje resuena críptico todavía; comunicación sin palabras ni gestos, de alma a alma. Solo una indicación clara, paternal, consejo de sabio: “esforzate por transmitir cada día la fantasía de lo real”. Segundos antes, en esa madrugada húmeda de lunes, eclipsado tal vez por la contundencia del mensaje, el relato ofrece una escena de aviones que se estrellan en forma sincronizada, en playas repletas de bañistas ubicadas en diferentes partes del mundo. Hay un hilo conductor, difuso quizás, aunque últimamente aparecen en mis registros, aristas que se bifurcan a partir de esta iluminación.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Epístola navideña para Tucho

Estoy escuchando "From here to eternity", disco de un tal Giorgio Moroder, querido Tucho, que, extrañamente para mi -un misterio que dilucidé a medias- ocupaba un lugar en esa ecléctica discoteca donde sobresalían "Taki Ongoy", de Víctor Heredia y "Cantata sudamericana", de la negra Sosa.
Te confieso que cada tanto escucho a este tano que me tenía embelesado de niño por lo extraño de su música para mi a esa edad, y me remite -no sin un dejo de nostalgia, te cuento- a las fiestas navideñas que ya se acercan.
Recuerdo que religiosamente, se abría el combinado Ken Brown y estos ritmos robóticos que invito a que vuelvas a escuchar donde quiera que estés, amenizaban las tardes de nochebuena, bien fuerte, volumen al mango, sonido stéreo. Ahí creo yo que residía tu gusto por este peninsular nacido casi en el límite con Austria, que supo alcanzar la fama como hacedor de música para películas: a vos te deslumbraba la explosión de sonidos que escupía el Ken Brown, tan magistralmente elaborados por la maquinaria musical de Moroder. Y entonces te sentabas en los sillones del living y te dejabas llevar por esta sinfonía tecnológica que atravesaba todo tu cuerpo, mientras -seguro- tu mente viajaba quien sabe por donde, si por Cafayate o la Andalucía más profunda.
Estamos en diciembre, como decía antes se acercan las fiestas y Rácing, tu Racing, salió campeón otra vez en este mes (que ironía del destino que nunca lo vimos salir campeón juntos!!). Será por eso que todo me remite a vos, querido Tucho: ayer miraba a los hinchas festejar por la tele, con esa pasión tan única que tienen los hinchas de Racing, y automáticamente, hice un link (te cuento, casi en secreto, que Mateo estalló en llanto, asustado, cuando grité con alma y vida el cabezazo ganador de Centurión).
Pasión es el denominador común, esa que enhebra a todos los hinchas de Racing (aunque a vos el fútbol te importara un pomo, el haber sido socio e ir a la pileta de la sede de Villa del Parque de pendejo, fue una marca imborrable que cimentó tu identidad). Una pasión que se anuda inexorablemente al sufrimiento, así entendemos la pasión nosotros. Y vos fuiste un tipo apasionado, ya sea escuchando tu música en el Ken Brown, manejando por toda cuesta de montaña que se interpusiera en tu apetito viajero; haciendo un asado para los tuyos, discutiendo de política con quien se animara.

martes, 21 de agosto de 2012

El águila y el vacío

Al borde del peñasco,                                                               
allí donde se acaba la tierra
y comienza el abismo,
descansé yo
de un viaje agotador.
Y pretendí un instante neutro,
como aquellos momentos
azarosos
que de tanto en tanto,
nos interpelan acechantes.

En el extremo de ese borde,
a metros nomás,
una enorme águila
se posó
y me miró
y me enseñó un mundo eterno.

Había en su mirada infinito,
en su quietud amenaza.

Siglos y siglos de misterio,
vidas de luz y miserias
el ave rapaz me contó
con su silencio
y su mirada.

En el filo, el vacío;
el vacío como eje de un secreto
que ambos fingimos no saber.

Fueron segundos, quizás minutos
y esa conexión
fue como un aleph fulminante:
allí estaba todo
y ahora yo no tenía nada
porque el ave voló
y el vacío eclipsó
ese momento fortuito.

Y yo con mis cosas pensé
que ese mundo tan vasto,
esconde misterios
más allá del peñasco
y su borde filoso
que a tantos lastima.